Sharper perdió en la pista, pero nos ganó el corazón

Historias 02 de abril de 2019 Por
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Hay un caballo diferente que acaba de perder; camina hacia la oscuridad, se aleja de las luces. Es alazán, tiene el pelaje café con leche y lo lleva un peón con remera verde. Lo acompañan muchas miradas, muchos celulares, muchas cámaras; aunque los flashes de los reporteros gráficos se quedan con el que ganó la carrera. Es la gente, su gente. Lo quieren acompañar hacia las duchas. Si los dejaran, también le harían de custodios en el viaje de regreso y le arreglarían la cama de su box al llegar. “Yo creía que nunca iba a poder ver esto”, pienso.

Segundos antes, ese alazán de 518 kilos había transitado pegadito a la reja la pista principal del Hipódromo de Palermo, y ocurrió lo que yo –con solo 25 años-, no había visto jamás: tanta gente con ganas de ver a un caballo. A un solo caballo.

 Hubo una redonda llena que lo vio caminar, aplausos en su salida a la pista, muchos gritos cuando venía adelante en la primera mitad de la carrera. Todos habían salido de sus trabajos y se fueron a Palermo a ver a ese mismo alazán que, ahora, se aleja en soledad con su peón.  

Y yo, en este mismo momento, me quedo mirando como el caballo se va y las miradas de la gente lo hacen con él. Me doy cuenta de que lo que veo por Internet es verdad y que en Argentina también se puede. Si lo hace Winx en Australia, Zenyatta en Estados Unidos, Orfevre en Japón; ¿Cómo no nos va a pasar a nosotros que somos un país que se hizo a caballo? ¿cómo no nos vamos a enamorar de los nuestros? Está pasando, ahora, en un lunes laboral, a las 7 de la tarde. Hay, en este momento, un hipódromo en Argentina enamorado de un caballo, al que nada le importa el resultado. O, mejor dicho, el resultado de la carrera.

Sharper cambió el paradigma del turf actual. Nos demostró con sus ocho años, su cabeza casi perfecta y su capacidad de convocar, que hay una soga de donde agarrarse: los caballos; él y tantos otros más. Que hay que copiar lo que hacen en el interior de nuestro país, donde la gente ama a caballos como Sharper, algo que aquí hacemos con los futbolistas.

Son las 19:15 horas; la silueta del campeón ya no está en la pista. En las tribunas casi todos bajan la mirada a sus celulares con la esperanza de que les haya quedado ese recuerdo grabado para siempre; los más grandes, no tan adaptados a las tecnologías, lo atesorarán en su retina.

Y yo me voy de Palermo, con la impresión de haber vivido lo que nunca viví en un hipódromo de los centrales, con el corazón lleno. La sensación de que todos estaban ahí por él, de que el tiempo se detuvo por unos segundos. Que todos los kilómetros recorridos, las escapadas a tiempo de las oficinas y los pedidos de llegar a las 19 para verlo, valieron la pena. Lejos quedarán los 16 cuerpos a los que Sharper entró del ganador. En el corazón, fueron varios a favor. Las enseñanzas, múltiples.

 Gracias Campeón, por dejarnos conocerte.

Por: Adrián Domínguez

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